Parece pues evidente que los casos de Barcelona y Sevilla presenten mucha más analogía que el de Madrid. en el que la capitalidad europea de la cultura ha pasado, desde un punto de vista urbanístico, con más pena que gloria.
La primera conclusión que puede extraerse de esta revisión de las realizaciones es que los acontecimientos vividos, básicamente en Barcelona y Sevilla. han servido de estrategia, oportunidad o pretexto para conseguir objetivos urbanísticos que, aun siendo necesarios, no se hubieran alcanzado ni de lejos en los plazos en que lo han sido. Aquéllos se han convertido, en definitiva, en el catalizador que ha permitido desarrollar políticas urbanísticas.
Puede decirse, por tanto, que en ciudades como Barcelona y Sevilla en que se han desarrollado acontecimientos de la envergadura de los que estamos comentando, se ha experimentado un avance en el tiempo muy por encima de lo que correspondería al ritmo normal del desarrollo urbano, lo que supone un verdadero salto cualitativo apoyado en grandes operaciones de transformación que, paradójicamente, se producen bajo los impulsos de acontecimientos que, en principio, no tienen una razón de ser primordialmente urbanística.
Otro aspecto a destacar y contemplar es el que las infraestructuras desarrolladas en estas ciudades no constituyen un fin en sí mismo, sino un medio de dinamizar las actividades urbanas y en definitiva la calidad de vida urbana, lo que justifica ese carácter de salto cualitativo que se ha producido en las mismas, que acabamos de comentar.
La segunda conclusión ha de referirse a la interesante experiencia que han constituido los procesos de gestión desarrollados en Barcelona y Sevilla para poder llevar a buen puerto la ejecución de las grandes infraestructuras proyectadas
Como ya hemos significado, los Juegos Olímpicos han ofrecido, en Barcelona, la oportunidad de concretar proyectos urbanos cuya envergadura sobrepasa la responsabilidad municipal. Ello ha requerido la introducción de importantes cambios en la organización de esta Administración concreta, como la creación en principio de tres sociedades municipales que, posteriormente, a partir de 1989 se fundieron con la Administración del Estado en el denominado Holding Holsa, responsable de las instalaciones de Montjulc, de la Villa Olímpica y de las infraestructuras generales.
En Sevilla las operaciones estructurantes de la ciudad han podido ser ejecutadas porque. en primer lugar, el Ayuntamiento contaba con un órgano administrativo y técnico apropiado, con suficiente grado de eficacia y de autonomía, como ha sido la Gerencia Municipal de Urbanismo, que con un presupuesto anual -en 1992- de 13.000 millones ha sido el elemento aglutinante y ordenador de todo este proceso que ha involucrado a diversas Administraciones y operadores urbanos, tanto públicos como privados, ante la ausencia, en este caso, de un organismo centralizador como por ejemplo ha sido Holsa en Barcelona.
La herramienta operativa en Sevilla ha estado constituida por convenios entre las distintas Administraciones y Organismos implicados, los cuales han permitido afrontar coherentemente las distintas actuaciones en el ámbito de sus respectivas competencias y responsabilidades, llegando a un volumen real de inversiones en el conjunto -Expo más sistemas generales- cercano a los 315.000 millones de pesetas.
Sin embargo, una vez concluidos prácticamente los acontecimientos la gran pregunta es ¿cuál es la situación de las realizaciones de cara al futuro?. Y en este tema también es diferente la respuesta en cada una de las tres ciudades.
En Madrid, los equipamientos construidos, aparte de ser claramente utilizables de ahora en adelante, se han convertido en elementos estructurantes de partes concretas del tejido urbano, con lo que parece que su futuro está asegurado. La transformación de la ciudad de Barcelona ya está conseguida. sin que sea prácticamente necesario "digerir" parte de las instalaciones creadas para los Juegos Olímpicos -las dotaciones deportivas de las distintas áreas olímpicas de la ciudad seguirán siendo 'operativas para desarrollar competiciones internacionales a lo largo del año. Por el contrario en Sevilla, la gran preocupación se denomina Cartuja-93, o, lo que es lo mismo, intentar integrar. en el futuro, el recinto de la Cartuja en la ciudad y rentabilizar los activos de la Exposición.
Debido a esta circunstancia el presente número incluye un artículo dedicado al nuevo Plan Especial de la Cartuja y su entorno, el cual expone como se reordenarán, a partir del mantenimiento de la edificabilidad actual, los usos específicos en cinco grandes áreas: parque temático del futuro. zona de procesos tecnológicos avanzados, zona universitaria de carácter politécnico e investigador, zona de administración y servicios, y parque y equipamientos complementarios. Sin embargo, un Plan Especial no resuelve por sí solo el problema del porvenir inmediato, en el que las incógnitas se centran fundamentalmente en el parque temático del futuro, cuyos contenidos y usos son básicamente lúdicoculturales, y en la zona destinada a procesos de tecnologías avanzadas I+D, que ocupa el área de los pabellones internacionales, sin que para ambas estén claras las demandas y en el supuesto de que éstas existan quién y cómo va a dar la respuesta adecuada.
Así pues, los grandes eventos vividos a lo largo del 92, especialmente en Barcelona y Sevilla, han servido para que éstas experimentasen un avance urbanístico espectacular en relación con el desarrollo urbano normal de nuestras ciudades y quizás a costa de haber retraido recursos que se hubieran repartido más entre otras muchas de ellas. Sin embargo, aquéllos, por su carácter de singularidad, no pueden constituirse en el motor natural que garantice el cumplimiento de la ejecución de los grandes sistemas generales que prevé el planeamiento Por ello, una vez que volvamos en el 93 a la normalidad tradicional, las Administraciones responsables de la ejecución de aquél deberían reflexionar sobre la necesidad de que las inversiones para grandes infraestructuras respondieran a una programación general que garantizase una racionalización de la misma, y que para aquellas que exigen la inversión de recursos del Estado deberá existir un sistema de prioridades definido expresamente según una estrategia para las grandes ciudades acorde con los intereses nacionales. Esta programación convendría que tuviera en cuenta el éxito que produce una gestión compartida cuando los objetivos están claros y existe la voluntad de cumplirlos.















