Desde el siglo XIII, en España, y fundamentalmente por razones económicas y por facilitar las transacciones mercantiles, aparecen dentro de las ciudades las denominadas plazas mayores, como lugares de relación y convivencia socia,, tan características de las ciudades españolas cuyo traslado conceptual a lberoamérica genera las Plazas de Armas, elemento central de la trama urbana de las ciudades del continente americano. En el Renacimiento y Barroco estos espacios urbanos adquieren orden, simetría y monumentalidad, convirtiéndose en los espacios públicos de mayor entidad y simbolismo de los núcleos urbanos. Juntamente con otros de menor entidad y con las propias calles, han vertebrado el tejido de la ciudad, diferenciando lo público de lo privado y siendo, por tanto, los lugares idóneos para la comunicación, la relación social, el intercambio de mercancías y, también, el escenario de juegos, conmemoraciones, manifestaciones y, en fin, aquellos grandes hechos históricos que han caracterizado la vida urbana.
Desde mediados del siglo XX el sistema de espacios públicos de la ciudad formada por la red de calles, plazas y plazuelas sufre un cambio trascendental. Por un lado surge el denominado bloque abierto propugnado por las ideas higienistas que con el fin de mejorar el soleamiento y la salubridad de las viviendas y sus habitantes, introduce una diversidad de espacios libres, despersonalizados, cuyo carácter público, cuando es el caso, no provoca sin embargo el mismo grado de identificación por parte de la población: los espacios públicos entre bloques no son los "espacios de todos" sino los "espacios de nadie".
Por otro lado, la aparición del automóvil como medio de transporte de las personas, hace que las nuevas vías pierden el carácter de lugar de relación convirtiéndose en espacios servidores del tránsito rodado, y arrinconando al peatón en unos estrechos bordes laterales, aceras, donde la convivencia resulta incómoda y casi imposible.
Este cambio morfológico de la ordenación de la ciudad y de los espacios públicos se ha producido especialmente en las áreas periféricas en las que muchas veces puede observarse la falta de una estructura general, con capacidad realmente vertebradora, que las ordene. Esto se debe a que el desarrollo urbano se ha apoyado en las infraestructuras disponibles en cada momento y cuyo tamaño estuvo determinado por la entidad de la promoción o por la estructura de la propiedad del suelo.
De esta forma han quedado entrelazados polígonos de vivienda social con colonias de vivienda unifamiliar o implantaciones industriales ya existentes, todo ello a través de un proceso de relleno de los espacios intersticiales que fueron quedando entre las distintas áreas edificadas.
La heterogeneidad e inconexión de las distintas operaciones inmobiliarias han dado como fruto una escena urbana caracterizada por la tipología general del bloque abierto con distintas orientaciones y diversas fórmulas, con viario interno generalmente escaso y todo ello dentro de una serie de espacios abiertos mal urbanizados. Las grandes arterias viarias dividen cada promoción produciendo un mayor aislamiento de cada una de ellas y dificultando la permeabilidad entre las mismas.
La general incompatibilidad de otros usos, fuera del residencial, en estas áreas, las ha convertido, por otra parte, en barrios dormitorio, provocando al mismo tiempo la concentración indeseada del empleo terciario, oficinas y comercio, en los centros tradicionales. En estas zonas los espacios abiertos representan a veces más del 60% de la superficie de suelo ordenado y en la actualidad su utilización, inicialmente destinada a uso ornamental, se ha transformado en muchos casos en estacionamiento indebido de vehículos.
Pero además de las diferencias dimensionales, morfológicas y funcionales, que existen entre los espacios públicos históricos y los espacios abiertos entre bloques -los "nuevos espacios públicos"-, normalmente se manifiestan también distintos niveles de calidad en cuanto al grado de urbanización entre unos y otros, según el nivel de renta de sus habitantes, siendo los de inferior calidad los resultantes de las grandes promociones públicas destinadas a las clases de renta más baja.
Así como en los pasados años se inició un proceso de rehabilitación y revitalización de los cascos antiguos para mejorar la calidad de la vida urbana de sus habitantes, iniciándose importantes programas de inversión en los mismos, recuperando pequeños espacios públicos, tales como plazuelas, zonas recoletas, etc., es imprescindible tener conciencia de la necesidad de mejorar la calidad ambiental en los polígonos de bloques abiertos contemporáneos mediante el rediseño de los espacios públicos que quedan entre aquéllos.
Diferenciar áreas funcionales en ellos, tales como el descanso, el paseo y el deporte; facilitar y ordenar adecuadamente el estacionamiento de vehículos; potenciar los garajes subterráneos con cubiertas ajardinadas; utilizar las plantaciones arbóreas para mejorar su función y reducir los costes de mantenimiento, etc., son premisas a tener en cuenta para iniciar un nuevo diseño que posibilite la recuperación y mejora de los espacios públicos actuales y la subsiguiente identificación como suyos y apropiación emocional por parte de los ciudadanos.

















