En ese contexto, el proceso de elaboración del Plan General de Madrid marcó la pauta y actuó como modelo de una innovadora forma de hacer el planeamiento que daría luz al que los propios protagonistas del proceso calificaron como un "urbanismo de izquierdas", abriendose así una dinámica' de sobrecarga ideológica e instrumentación del Plan como vehículo indirecto de gobierno al servicio de las mayorías del momento, la gravedad de cuyos inconvenientes ha dejado ya sentir el tiempo transcurrido.
Esa sobrecarga ideológica y simbólica fue un condicionante básico de la elaboración del Plan de Madrid, no solamente en el lógico establecimiento de objetivos prioritarios, sino en la insuficiente atención prestada al análisis técnico-científico de hechos reales y referencias de aplicación, cuya más equilibrada ponderación hubiera conducido a enfoques menos voluntaristas y de mayor racionalidad.
El Plan de Madrid estuvo marcado durante su elaboración por una fuerte crisis económica interpretada como de final incierto. Fue una crisis generalizada en los países desarrollados occidentales, pero que no tuvo una interpretación cultural uniforme.
Otros planeamientos contemporáneos de grandes áreas metropolitanas europeas, como París con el Schema Directeur d'Amenagément et d'Urbanisme de la región d'lle-de-France de 1980, tuvieron un enfoque muy diverso, empezando por el propio marco territorial de referencia.
La interpretación que hicieron los autores del Plan, ignorando conscientemente otras diagnosis de expertos nacionales y extranjeros, condujo a lo que el propio William Alonso, consultado en algunas fases del proceso, calificó -en un artículo, no difundido, que debía haber sido conferencia y no fue- de "enfoque conservador", que se centró en propuestas para proponer "limpiar, conservar, proteger, articular e igualar en un mundo futuro muy semejante al de hoy, previniendo y domesticando los cambios". "El mismo título, Recuperar Madrid, -decía Alonso- es conservador al implicar un propósito de recuperación, no un propósito de adelanto o de adaptación y aprovechamiento de lo nuevo".
La superación de la crisis ha demostrado, aún antes de que concluyera el rodaje del primer cuatrienio de vigencia, que el Plan de Madrid ofrece escasas oportunidades para el cambio cualitativo profundo y ello se ha debido a la insuficiente atención prestada en su momento a la dinámica interna de los principales sectores de actividad. De modo que sería más propio decir que Madrid se está beneficiando hoy de una importante reactivación económica más a pesar del Plan que gracias a él, máxime cuando en su momento se rechazó que el planeamiento urbanístico tuviera incidencia apreciable en dicha dinámica.
El fenómeno universal de desconcentración espacial de las áreas urbanas con el desarrollo económico fue ignorado, en buena parte como consecuencia de la carencia de una adecuada perspectiva metropolitana. Y, así, se dibujó un Plan -cuyas líneas desaparecían en el vacío que rodeaba los límites municipales- que ofrecía muy escasas oportunidades a la difusión espacial de la centralidad, circunstancia particularmente grave en una capital con una de las mayores densidades y mayor ocupación de suelo de Europa y EE.UU.
Resulta, por ello, irónico, aunque no sorprende, asistir ya hoy al proceso de elaboración-negociación de un Plan Territorial de ámbito regional por entregas, planteado como suma de revisiones de Planes Municipales agrupados y -ahora quizás ya compatibilizados, salvando así el control de la Asamblea de Madrid, ente al que por Ley 3/89 de 16 de marzo, correspondería la aprobación definitiva, si dicho Plan Territorial se plantease como Directrices instrumento básico de la política territorial configurado por la Ley 10/84, de 30 de mayo, de Ordenación Territorial de la Comunidad de Madrid.
La condición de centralidad -adecuada conjunción de buenas condiciones de accesibilidad, servicios e infraestructuras urbanas y calidad ambiental- se ha seguido limitando en los años transcurridos, por efecto del Plan, al centro consolidado. Y ha sido esta circunstancia básicamente -al no tener donde escoger- lo que ha provocado un auge en la rehabilitación de edificios existentes, más apetecidos por su situación que por sus cualidades como contenedores, que a menudo enmascaran hoy, después de vaciados y reconstruidos, la realidad de sus nuevos contenidos.
Además, la condición de capital del Estado apenas se planteó -y nada especial se ha hecho en estos años que lo trasluzca- y la condición de encrucijada de las redes nacionales de comunicaciones apenas fue sopesada.
Ignorando unas realidades, el Plan de Madrid se planteó forzar otras, asumiendo sus costes, y, así, el logro del muy loable objetivo de frenar la segregación social en el espacio y retener en la ciudad a las clases económicamente débiles, se basó en singulares interpretaciones de la Ley, utilizando, por otra parte, una vía que fue primeramente abierta por las Directrices Metropolitanas de una ambigua y comprometida COPLACO. Asimismo, asumió los costes de ir a la vez contra las fuerzas del mercado, imponiendo normativamente el uso de vivienda de protección oficial, sin haber llegado a ensayar mecanismos voluntarios incentivadores, a caballo de dichas fuerzas, como podría haberse hecho alternativamente.
Hoy conocemos ya dichos costes: el incremento explosivo del precio del suelo en cuanto se produjo el primer indicio de salida de la crisis económica; la caída, hasta prácticamente desaparecer, de las promociones de protección oficial y, en consecuencia, el que apenas se haya frenado la expulsión de las clases económicamente débiles, potenciales beneficiarios de dicho régimen económico de la vivienda; la extensión de esta expulsión de forma relevante a las clases medias, más motorizadas, acelerándose un proceso de suburbanización residencial que, a su vez, ha puesto de relieve la gravedad de otras carencias, especialmente las de las redes de transporte.
Para hacer este Plan, trabajó durante cinco años un amplio equipo interno de técnicos, y otro externo, de amplitud en conjunto no desdeñable, colaboró de forma indirecta, seguramente sin precedentes en la historia del urbanismo español contemporáneo, asesorando a organizaciones intermedias de diversa índole, que creyeron en la utilidad de la participación pública en el urbanismo y aportaron información, sugerencias alternativas y juicios críticos. Corresponde a los autores del Plan la responsabilidad de haber sacado un escaso partido de esta colaboración.
Sobre el Plan como documento técnico se ha dicho, con acierto, que constituye un trabajo complejo y sofisticado. Más, olvidando los inconvenientes que complejidad y sofisticación han supuesto en su interpretación y utilización cotidianos por parte de terceros, procede hacer notar que el Plan como documento no es un objetivo en sí mismo, sino una mera herramienta que ha de servir de forma efectiva para guiar la mejor ordenación y desarrollo urbanístico de la ciudad, y en este sentido la contribución del Plan ha sido, como constatan las diversas aportaciones a la sección monográfica de este número, muy discutible.
Más aún, una buena cualidad del Plan como documento hubiera sido su propia capacidad de revisión/modificación, ajustándose con facilidad a circunstancias imprevistas o ·cambiantes, de manera fluida, no sincopada y con un carácter traumático, como ahora se plantea, subproducto, uno más, de su sobrecarga ideológica y simbólica y de la ausencia del respaldo político y consesuado con que se gestó.
La lógica conclusión de todo lo que antecede sería que es necesario revisar El Plan -por cierto en propio cumplimiento del mismo, que en el Art. 10.4.1 a) c) y f) de sus Normas Urbanísticas establece supuestos, todos los cuales se han dado, en que dicha revisión debería abordarse normativamente-. Y, sin embargo, no parece oportuno hacerlo. O mejor dicho, no lo es en el sentido radical en que dicha revisión se ha estado entendiendo: como un acto único de borrón y cuenta nueva, tan alejado de la doctrina del seguimiento y actualización- adaptación continua de los planes, y que en poco beneficiaría a la ciudad.
Si los nuevos planes generales tienen vigencia indefinida, y si los cuatrienios del programa del Plan son básicamente hitos de referencia que ayudan a la "monitorización" de su ejecución, ¿por qué no abordar un proceso de corrección abierto, gradual y progresivo?
La duda no está, por tanto, en la conveniencia de revisarlo, sino en el cómo hacerlo, de forma que no se añadan nuevos obstáculos al normal funcionamiento y desarrollo de una ciudad, que ha sufrido durante cuatro años los efectos, directos e indirectos, de una planificación rígida, cuyas determinaciones no se correspondían con el grado de conocimiento que se tenía de una diversidad de factores de evolución incierta, y con el grado de control sobre otros que por su naturaleza surgen y desaparecen espontáneamente en una economía de mercado.














